Sunday, February 26, 2006

La perspectiva de San Agustín

SAN AGUSTIN: LA CIUDAD DE DIOS[i] En el capítulo IX del libro V de La ciudad de Dios, san Agustín advierte que cuando el filósofo romano Cicerón trató de argumentar en favor de la voluntad libre del hombre, se vio obligado a negar que Dios pudiera conocer el futuro, e implícitamente, tuvo que negar que Dios exista. El texto seleccionado a continuación comienza resumiendo la posición de Cicerón para, luego, contraponerle las tesis de san Agustín.
Los argumentos ciceronianos podrían resumirse así: si Dios conoce todos los hechos futuros, éstos tienen que ocurrir de acuerdo al orden de ese conocimiento anterior y si tienen que ocurrir de acuerdo a ese orden, tal orden ya está determinado para que pueda ser conocido de antemano por Dios. Como el orden determinado de los hechos supone el orden determinado de causas, puesto que son las causas las que explican los hechos y si el orden causal[ii] ya está fijado previamente, entonces –concluye Cicerón- «todo sucede bajo el sino de la fatalidad[iii]». En tal caso, no existe el libre albedrío de la voluntad[iv] puesto que nada depende de la voluntad del hombre. «Si concedemos esto –dice Cicerón-, se derrumba toda la vida humana: ¿para qué promulgar leyes?[v] ¿Para qué reprender ni hablar, vituperar o exhortar?[vi] Se prescribirán premios para los buenos y castigos a los malos, pero sin justicia alguna»[vii]. Consecuentemente, Cicerón se niega a admitir la presciencia del futuro si ello supone aceptar que los hombres carecen de libre albedrío y que, en consecuencia, no son responsables por sus acciones. Pero al hacerlo plantea un angustioso dilema: la necesidad de elegir entre la tesis que afirma que algo depende de nuestra voluntad y la que afirma que existe el conocimiento previo del futuro, considerando que ambas son incompatibles y excluyentes.

L I B R O V
Capitulo X
¿Hay alguna fatalidad que domine a la voluntad humana?
1. Ya no hay que tener miedo a aquella necesidad[viii] por temor de la cual los estoicos[ix] hicieron tan grandes esfuerzos para distinguir las causas de los seres, de tal forma que a unas las sustrajeron de toda necesidad, y a otras las sometieron a ella[x]. Entre aquellas causas que dejaron fuera de la necesidad le dieron un puesto a nuestra voluntad[xi] para evitar que si la dejaban bajo la necesidad, no fuera libre.
Si hemos de llamar necesidad, con relación a nosotros, a aquella fuerza que no está en nuestra mano, sino que, aunque no queramos, ella obra lo que está en su poder, como es la necesidad de la muerte, es evidente que nuestra voluntad[xii], causa de nuestro buen o mal vivir, no está sometida a tal necesidad[xiii]. En efecto, muchas cosas hacemos que, si no quisiéramos, no las haríamos[xiv]. Y en primer lugar el querer mismo: si queremos, existe; si no queremos, dejar de existir: porque no vamos a querer si no queremos[xv].
Pero si definimos la necesidad como aquello que nos hace decir: “es necesario que esto sea o suceda así”, no veo por qué la hemos de temer como si nos privase de nuestra libertad. De hecho no sometemos bajo necesidad alguna la vida y la presciencia de Dios cuando decimos que es necesario que Dios viva siempre y lo sepa todo. Tampoco queda disminuido su poder cuando afirmamos que no puede morir o equivocarse. Cierto que no lo puede, pero si lo pudiera su poder sería más reducido. Por lo tanto está bien que llamemos omnipotente a quien no puede morir ni equivocarse. La omnipotencia se muestra en hacer lo que se quiere... De ahí que algunas cosas no le son posibles, precisamente por ser omnipotente.
Esto mismo sucede al decir que es necesario, cuando queremos, querer con libre albedrío[xvi]. Decimos una gran verdad, y no por ello sometemos al mismo libre albedrío a la necesidad que priva de la libertad. Ahí están nuestras voluntades; son ellas mismas quienes hacen lo que hacemos queriendo. Y no lo harían si no quisiéramos. Pero cuando alguien soporta algo a pesar suyo, por voluntad de otros hombres, también en ese caso se trata de un efecto de la voluntad, que, aunque no suya, sí es una voluntad humana. Sin embargo, el poder en este caso es de Dios. (...) Así, pues, todo lo que el hombre sufre contra su voluntad no debe atribuírselo a la voluntad de los hombres o de los ángeles o de cualquier otro espíritu creado, sino de la de aquel que concede un determinado poder a quienes son capaces de querer.
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2. No porque Dios hubiera previsto lo que iba a querer nuestra voluntad, deja ésta de ser libre: quien esto previó, previó algo real. Ahora bien, si quien previó el contenido futuro de nuestra voluntad tuvo conocimiento no de la nada, sino de algo real, se sigue que, según esa misma presciencia, algo depende de nuestra voluntad. Luego nada nos obliga a despojar a la voluntad de su albedrío para mantener la presciencia de Dios, ni a negar que Dios desconoce el futuro (sería una afirmación sacrílega) con el fin de salvar el libre albedrío humano. Por el contrario, aceptamos una y otra verdad y ambas las confesamos leal y sinceramente: la una para nuestra rectitud en la fe, y la otra para nuestra rectitud en la conducta. Mal vive quien de Dios no cree rectamente. Lejos de nosotros el que, para afirmar nuestra libertad, neguemos la presciencia de aquel por cuyo favor somos o seremos libres.
Así, pues, no son inútiles las leyes, no las reprensiones, ni las exhortaciones, ni las alabanzas, ni los vituperios. Todo esto estaba previsto por Él, y tienen todo el valor que Él previó que tendrían. Incluso las súplicas tienen valor para alcanzar aquello que Él había previsto conceder a quienes lo pidiesen. Y se dan premios a las buenas acciones y se establecen castigos para los delitos con justicia. Y no peca el hombre por haber previsto Dios que pecaría; es más, queda fuera de toda duda que cuando peca es él quien peca, porque Aquél cuya presciencia es infalible, conocía ya que no sería el destino, ni la fortuna, ni otra realidad cualquiera, sino que el hombre mismo quien iba a pecar. Y si el hombre no quiere, por supuesto que no peca. Pero si no hubiera querida pecar, también esto lo habría previsto Dios.
Capítulo XI
La providencia universal de Dios, cuyas leyes lo abarcan todo
El Dios supremo y verdadero, con su Palabra y el Espíritu Santo, tres que son uno, Dios único todopoderoso, creador y formador de toda alma y de todo cuerpo, por cuya participación son felices quienes lo son realmente y no engañosamente; que ha formado al hombre como animal racional, compuesto de alma y cuerpo; que, al pecar el hombre, ni lo dejó impune ni lo abandonó sin misericordia; este Dios, que ha dotado tanto a buenos como a malos del ser, común con las piedras, de la vida vegetativa, común con las plantas, de la vida sensitiva, común con lo animales, de la vida intelectual, común únicamente con los ángeles; de quien procede toda regla, toda forma, todo orden; en quien se funda la medida, el número, el peso; a quien todo ser le debe su naturaleza, su especie, su valor, cualquiera éste sea; de quien proceden los gérmenes de las formas, las formas de los gérmenes y la evolución de gérmenes y formas; que dio a toda carne su origen, su hermosura, su salud, su fecundidad expansiva, la distribución de sus miembros, su saludable armonía; ese Dios que ha dotado el alma irracional de memoria, de sensación de instintos, y a la racional, además, de espíritu, de inteligencia, de voluntad; que se preocupó de no dejar abandonados no ya al cielo y a la tierra, o únicamente a los ángeles y hombres, sino ni siquiera las vísceras de la más insignificante y despreciable alimaña, o a una simple pluma de ave, ni a una florecilla del campo, ni a una hoja de árbol, sin que tuviera una proporción armoniosa en sus partes, y una paz en cierto modo: es totalmente inconcebible que este Dios hubiera pretendido dejar a los reinos humanos y a sus períodos de dominación y de sometimiento fuera de las leyes de su providencia.
L I B R O X I
Capítulo XVII
El vicio de la malicia no pertenece a la naturaleza, sino que es contra la naturaleza, y no el Creador la causa del pecado, sino la voluntad.
... las palabras “este es el principio de la obra de Dios” se refieren a la naturaleza, no a la malicia del diablo; porque, sin duda, donde hay vicio de malicia hubo antes una naturaleza no viciada. El vicio es tan contrario a la naturaleza que no puede menos de perjudicarla. Y no sería vicio apartarse de Dios si no fuera propio de esa naturaleza, donde el vicio se encuentra, estar con Dios. Por lo cual, aún la voluntad mala es un gran testimonio de naturaleza buena. Pero Dios, así como es la creador excelente de las naturalezas buenas, así es justísimo ordenador de las malas voluntades, de suerte que, usando ellas mal de sus naturalezas buenas, endereza Él al bien las voluntades malas. Así, hizo que el diablo, bueno por su creación, malo por su voluntad, fuese colocado entre los más bajos y mofado de entre sus ángeles, esto es, que los santos, a quienes el diablo desea perjudicar, obtengan fruto de sus tentaciones.
Al crearlo Dios no ignoraba su malicia y preveía ya los bienes que había de sacar de sus males; de suerte que en lo mismo que le creó, aunque bueno por su bondad, nos diera a entender que ya había preparado, valiéndose de su presciencia, la manera de sacar provecho aun de aquél mal.
Capítulo XVIII
Belleza del universo que, merced a la ordenación de Dios, se hace más patente por la oposición de los contrarios.
No creería Dios a nadie, ni ángel ni hombre, cuya malicia hubiera previsto, si a la vez no hubiera conocido como había de redundar en bien de los buenos, y así embellecer el orden de los siglos como un hermosísimo canto de variadas antítesis. Pues lo que llamamos antítesis son ornamentos preciosos de la elucución, que en latín reciben el nombre de opuestos, o, con más precisión: contrastes...
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El apóstol San Pablo, en la segunda carta a los Corintios, redondea hermosamente con estas antítesis aquél pasaje: “Con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la honradez, a través de honra y afrenta, de mala y buena fama. Somos los impostores que dicen la verdad, los desconocidos conocidos de sobra, los moribundos que están bien vivos, los penados nunca ajusticiados. Los afligidos siempre alegres, los pobres que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen”
Así como la oposición de contrarios contribuye a la elegancia del lenguaje, así la belleza del universo se realza por la oposición de contrarios con una cierta elocuencia, no de palabras, sino de realidades. Bien claro nos manifiesta esto el libro del Eclesiástico: “Frente al mal está el bien; frente a la vida, la muerte; frente al honrado, el malvado. Contempla las obras de Dios: todas de dos en dos, una corresponde a otra”


L I B R O XII
Capítulo XXI
De la impiedad de los que dicen que las almas que gozan de la suma y verdadera bienaventuranza, han de volver una y otra vez a las mismas miserias y aflicciones pasadas.
¿Y qué oídos piadosos podrán oír que después de haber pasado una vida de tantas calamidades y miserias ... que después de tantos males ..., purificados finalmente por medio de la verdadera religión y sabiduría, lleguemos a la presencia de Dios y nos hagamos bienaventurados con la contemplación de la luz incorpórea ... pero de tal modo que después de cierto tiempo sea preciso retornar a la vida mortal? ¿Y que privados de aquella eternidad, verdad y felicidad, volvamos a caer en la mortalidad infernal, en la torpe demencia y abominable miseria donde se pierde a Dios, donde se aborrece la verdad, donde se busca la felicidad en los vicios más detestables? ... Y así una y mil veces, sin terminar jamás, a intervalos fijos, con distancias de siglos, siempre igual en el pasado, siempre igual en el futuro ...
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Mas, porque esta doctrina es falsa y manifiestamente contraria a la religión y a la verdad (pues, efectivamente, nos promete Dios aquella verdadera felicidad ... sin que la interrumpa ninguna desdicha) sigamos el camino recto que para nosotros es Jesucristo, y auxiliados por nuestro salvador, enderecemos las sendas de nuestra fe y desviémonos de estos quiméricos e inútiles ciclos cósmicos. Porque si el platónico Porfirio no quiso seguir la opinión de los suyos acerca de estas revoluciones, idas y venidas alternativas e incesantes de las almas, ya fuese movido por su propia vanidad, ya lo fuese por tener algún respeto a los tiempos cristianos, y quiso mejor dicho decir ... que el alma fue entregada al mundo para que conociese los males, y librada y purificada de ellos, cuando volviese al Padre, no padiciese ya cambios en su estado, ¿cuando más debemos nosotros evitar y detestar esta falsedad, contraria a la fe cristiana?
Desechados y desvanecidos estos ciclos nada nos obliga a pensar que el género humano ha carecido de un comienzo temporal en el principio de su existencia por esos famosos retornos circulares que excluyen en los seres toda novedad no existente antes y que vuelva otra vez, tras los consabidos intervalos.
Porque si el alma, que ya no ha de volver a sus miserias, se ve libre como no se había visto antes jamás, sucede en ella algo que antes nunca había ocurrido ... como es el que nunca perderá la eterna felicidad. Y si en la naturaleza inmortal sucede una novedad tan importante, no repetida en ciclo alguno, anterior ni posterior, ¿por qué se pretende negar esta misma posibilidad en los seres mortales?
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¿A qué título la vanidad humana tendrá la osadía de negar a Dios la posibilidad de crear cosas nuevas, nuevas o para Dios sino para el mundo, jamás creadas antes aunque no excluidas de su previsión?
Capítulo XXI
De la creación del primer hombre y de la creación en él, del género humano.
Habiendo explicado ya, según lo permiten nuestras facultades, es difícil y espinosa cuestión de la eternidad de Dios que crea nuevos seres sin novedad alguna en su voluntad, no será difícil advertir que fue mucho mejor hacer surgir toda la humanidad de un solo hombre, creado previamente en lugar de hacerla surgir de muchos hombres. Porque habiendo creado a los demás animales, a unos solitarios y agrestes, esto es, que apetecen y gustan más de vivir solos, como son las águilas, milanos, leones, logos y todos los demás que son de esta especie; a otros aficionados a vivir congregados para habitar juntos en bandadas y en rebaños, como las palomas, ciervos, gamos y otros semejantes, sin embargo no creó estos dos géneros principiando por uno, sino por muchos ... Pero al hombre lo creó uno y singular, no para dejarle solo y sin compañía, sino para encomendarle con esto más estrechamente la unión y la concordia, viniéndose a juntar los hombres entre sí, no sólo por la semejanza de la naturaleza, sino también por los vínculos del parentesco, pues aun a la misma mujer que se había de unir con el varón, no la quiso crear como a él, sino de él, a fin de que todo el género humano se propagase a partir de un solo hombre.
L I B R O XIV
Capítulo XI
De la caída del primer hombre, en quien Dios creó una naturaleza buena, que una vez viciada sólo la pudo reparar su autor.
Porque Dios prevé y sabe todas las cosas, por eso no pudo ignorar que el hombre también había de pecar, y como el Señor lo previó y dispuso ... no podemos afirmar que no estuvo en la previsión de Dios. Porque de ningún modo pudo el hombre con su pecado perturbar los divinos planes, ni obligar a Dios a cambiar lo que había dispuesto ... Pues aunque se dice que Dios cambia lo que ya había dispuesto (y así la Sagrada Escritura metafóricamente dice que Dios se arrepiente) dícese esto de lo que el hombre esperaba, o según la disposición y orden de las cosas naturales, y no conforme a lo que Dios todopoderoso supo que había de hacer. Formó, pues, Dios ... el hombre recto, y por consiguiente, de buena voluntad, porque no sería recto si no tuviera buena voluntad. Así la buena voluntad es obra de Dios, porque con ella creó Dios al hombre; pero la primera mala voluntad que precedió en el hombre a todas las obras malas, fue un apartamiento o abandono de la obra de Dios antes que algo positivo. Estas obras de la mala voluntad fueron malas porque el hombre las hizo conforme a sí mismo, y no conforme a Dios ...
Aunque esta mala voluntad no sea conforme a la naturaleza, sino contra la naturaleza, por es vicio, sin embargo el vicio no puede existir sino en la naturaleza, es decir, en aquello que fue creado de la nada, no en la que engendró el Creador de sí mismo, como engendró el Verbo por quien fueron creadas todas las cosas. Pues aunque formó Dios al hombre del polvo de la tierra, la misma tierra y toda la materia terrenal la creó absolutamente de la nada, y creando el alma de la nada la infundió en el cuerpo cuando hizo al hombre. Y en tanto grado aventajan los bienes a los males, que aunque los males se permitan para manifestar cómo puede también usar bien de ellos la providencia justicia del Creador, sin embargo, pueden hallarse los bienes sin los males, como es el mismo verdadero y sumo Dios, y son ... las criaturas celestiales e invisibles; pero los males no se pueden hallar sin los bienes, porque las naturalezas en que se hallan, en cuanto son naturalezas, son, sin duda, buenas ...
L I B R O XV
Capítulo I
De dos géneros de hombres que caminan a diferentes fines
... el linaje humano lo hemos distribuido en dos géneros: el uno de los que viven según el hombre, y el otro de los que viven según Dios; y a esto llamamos también místicamente dos ciudades, es decir, dos sociedades o congregaciones de hombre, de las cuales la una está predestinada para reinar eternamente con Dios, y la otra para padecer eterno tormento con el demonio ... me parece que ya en ocasión de tratar de su desarrollo y progresos comenzando desde que los hombres empezaron a engendrar, hasta los tiempos en que dejarán de procrear; porque todo este siglo en que se van los que mueren, y suceden los que nacen, es el desarrollo y progreso de estas dos ciudades de que tratamos.
El primero que nació de nuestros primeros padres fue Caín, que pertenece a la ciudad de los hombres, después Abel, que pertenece a la ciudad de Dios, pues así como en el primer hombre, según expresión del Apóstol, “no fue primero lo espiritual, sino lo animal, y después lo espiritual” (de donde cada hombre, naciendo de raíz corrompida primero es fuerza que por causa del pecado de Adán sea malo y carnal, y si renaciendo en Cristo le cupiere mejor suerte, después llega a ser bueno y espiritual), así en todo el linaje humano, luego que estas dos ciudades comenzaron, primero nació el ciudadano de este siglo, y después de él el que es peregrino en la tierra y que pertenece a la ciudad de Dios, predestinados por la gracia, elegido por la gracia y por la gracia peregrino en el mundo, y por la gracia ciudadano en el cielo.
En cuanto a su naturaleza nació de la misma masa, que originalmente estaba corrompida; pero Dios, “como insigne alfarero (esta semejanza trae muy a propósito el Apóstol), hizo de una misma masa un vaso destinado para objetos de estimación y aprecio, y otros para cosas viles”
Sin embargo, primeramente se hizo el vaso para destinos humildes y despreciables, y después el otro para los preciosos y grandes; porque aun en el mismo primer hombre, como insinuó primero es lo réprobo y malo, por donde es indispensable, que principiemos, y en donde no es necesario que nos quedemos; y después es lo bueno, a donde aprovechando espiritualmente, lleguemos, y en donde llegando nos quedemos.
Por lo cual, aunque no todo hombre malo será bueno, no obstante ninguno será bueno que no haya sido malo; pero cuanto más en breve se mude en mejor, más propio conseguirá que le nombren con el dictado de aquello que alcanzó, y con el hombre último encubrirá el primero.
Así que dice la Sagrada Escritura que Caín que fundó una ciudad; pero Abel, como peregrino, no la fundó, porque la ciudad de los santos es soberana y celestial, aunque produzca en la tierra los ciudadanos, en los cuales es peregrina hasta que llegue a tiempo de su reino, cuando llegue a juntar a todos, resucitados con sus cuerpos, y entonces se les entregará el reino prometido, donde con su príncipe, rey de los siglos, reinarán sin fin para siempre.
L I B R O XIX
Capítulo IV
¿Qué opinan los cristianos del sumo bien y del sumo mal?
Si nos preguntaran, pues, qué es lo que (...) la Ciudad de Dios opina de los fines últimos de los bienes y de los males, responderemos que la vida eterna es el sumo bien y la muerte eterna el sumo mal, y por eso, para conseguir la una y libertarse de la otra, es necesario que vivamos bien. La Escritura dice: “que el justo vive por la fe”; porque ni en la tierra vemos nuestro bien, por lo cual es indispensable que, creyendo, le busquemos; ni lo que es vivir bien lo hallamos en nosotros como producción nuestra, sino cuando, creyendo y orando, nos ayuda el que nos dio la fe con que confiemos y creemos que Él nos ha de favorecer.
Los que imaginaban que los fines de los bienes y de los males estaban en la vida presente, colocando el sumo bien o en el cuerpo o en el alma, o, en ambos, y por decirlo más claro, o en el deleite o en la virtud, o en uno y otro, o en la quietud o en la virtud, o en ambas, o juntamente en el deleite y quietud, o en la virtud, en las dos, o en los principios de la naturaleza, o en la virtud, o en uno y otro, pretendieron y quisieron con extraña vanidad ser en la tierra bienaventurados. Búrlase de estos ilusos la misma verdad por medio del Real Profeta, diciendo: “Sabe Dios que los discursos y pensamientos de los hombres son vanos”; o como cita el Apóstol, este testimonio: “Sabe Dios que los discursos y raciocinios de los sabios son vanos y fútiles” ¿Quién podrá, por más elocuente que sea, explicar y ponderar las miserias de esta vida? Cicerón las deploró como pudo en la consolación que escribió sobre la muerte de su hija, pero ¿cuánto pudo? Pues los principios que llaman naturaleza, ¿cuándo, dónde y de qué manera pueden tener tan buena disposición en esta vida, que no vacilen y padezcan vicisitudes bajo la inconstancia de los sucesos?
Porque, ¿qué dolor contrario al deleite, qué inquietud contraria a la quietud no puede suceder en el cuerpo de una sabio? La falta o debilidad de los miembros quita la integridad al hombre, la fealdad le aja la hermosura, la flaqueza le disipa la salud, el cansancio las fuerzas, las pesadumbres la agilidad. Y ¿qué infortunio de éstos hay que no pueda hacer presa en la carne del sabio? El estado del cuerpo y también el movimiento, cuando son decentes y congruentes, se cuentan entre los principios de la naturaleza; pero ¿qué sucederá si alguna mala disposición hace temblar los miembros con extrañas convulsiones, y si la columna vertebral se encorva, de forma que obligue al hombre a poner las manos en el suelo, haciéndole andar en cuatro pies? ¿Acaso esto no estropeará el decoro y hermosura del estado y movimiento del cuerpo?
¿Qué diremos de los bienes primarios del alma, donde se encuentra dos principios para percibir y comprender la verdad, el sentido y el entendimiento? ¿Cuán inútil no quedará el sentido, si llega a ser el hombre sordo y ciego? ¿Dónde irá la razón y la inteligencia, dónde la sepultarán si acaece que con alguna enfermedad se vuelve demente? Cuando los locos hacen o dicen desatinos y disparates, por la mayor parte ajenos a su buena intención y loables costumbres, o por mejor decir, contrarios del todo a su buen propósito y costumbres, si dignamente los consideramos, apenas podemos contener las lágrimas. ¿Qué diré de los endemoniados? ¿Dónde tienen escondidos o sojuzgados sus entendimientos cuando el espíritu maligno usa a su albedrío de sus almas y de sus cuerpos? ¿Quién piensa que tal desastre no le puede suceder al sabio en esta vida?
Tan defectuoso es lo que se puede percibir de verdad en esta carne mortal, que según leemos en el libro de la sabiduría, que dice las mayores verdades: “el cuerpo corruptible y esta nuestra casa de tierra agrava y comprime el alma cargada de la multitud y pensamientos y cuidados” Pues el ímpetu o el apetito con que practicamos alguna acción ... ¿acaso no es lo mismo con que se hacen los miserables movimientos de los dementes, y las acciones a que tenemos horror y aversión cuando se pervierte el sentido y se trastorna la razón?
La misma virtud, que no se halla entre los principios naturales, puesto que viene después a introducirse en ellos con la doctrina, siendo la que se lleva la primacía entre los bienes humanos, ¿qué hace aquí sino hacer una perpetua guerra contra los vicios, no contra los exteriores, sino contra los interiores? no contra los ajenos, sino contra los nuestros; y particularmente aquella virtud que se llama en griego sophrosyne, que es la templanza con que se refrenan los apetitos carnales para no llevar al alma a despeñarse en los vicios? Porque no deja de haber algún vicio, cuando, como dice el Apóstol: “la carne en sus deseos obra contra el espíritu”, a cuyo vicio se opone la virtud, cuando, como insinúa el mismo Apóstol, “el espíritu en sus deseos se opone a la carne”. Porque estas dos cualidades, dice, “se contradicen la una a la otra, para que no hagamos lo que deseamos”. ¿Y qué es lo que apetecemos ejecutar cuando intentamos ver el cumplimiento del fin del sumo bien, sino que la carne no desee contra el espíritu, y que no haya en nosotros este vicio, sino de acuerdo entre la carne y el espíritu? Aunque así lo apetezcamos en esta vida, puesto que no lo podemos conseguir, al menos practiquemos esta loable acción con el favor de Dios, y no cedamos a la carne que desea contra el espíritu, pues rindiéndose al espíritu con nuestro consentimiento vamos a cometer un pecado. De ningún creemos que hemos conseguido la bienaventuranza a la cual deseamos llegar, mientras dure esta lucha interior. ¿Y quién ha habido tan sabio hasta ahora que no necesite luchar contra los apetitos y pasiones?
¿Y qué diremos de la virtud llamada prudencia? ¿Acaso con toda su vigilancia no se ocupa en diferenciar y discernir los bienes de los males, para que al amar los unos y rehuir los otros no se incurra en algún error? Con esto, ella misma nos testifica que estamos en los males, o los males están en nosotros; porque nos enseña que es malo consentir en el apetito carnal para pecar y bueno resistirlo. Sin embargo el mal, que la prudencia aconseja consentir y la templanza rechaza, ni la prudencia ni la templanza le destierran de esta vida.
La justicia, cuyo oficio primario es dar a cada uno lo que es suyo con lo cual (mantiene en el hombre un orden justo de la naturaleza, que el alma esté sujeta a Dios y el cuerpo al alma. Y consiguientemente el alma y el cuerpo a Dios) ¿Acaso no muestra que todavía está trabajando en aquella obra, y no descansando en el fin de ella? Porque tanto menos se sujeta el alma a Dios, cuanto menos concibe a Dios en sus pensamientos, y tanto menos se sujeta la carne al alma, cuanto más desea contra el espíritu. Mientras resida en nosotros esta dolencia, este contagio, esta lesión, ¿cómo nos atreveremos a decir que estamos ya a salvo? Y si no estamos aún a saldo, ¿cómo seremos bienaventurados en la final bienaventuranza?
La virtud que se llama fortaleza ... es evidentísimo testigo de los males y miserias humanas, que ella hace sufrir con paciencia. Males que no se por qué pretenden los filósofos estoicos que no son males, pues confiesan que si son tan grandes que el sabio no puede o no debe tolerarlos, llevan a darse la muerte y a salir de esta vida.
Tan particular en la ceguedad y soberbia de estos hombres que pensan que en la tierra tienen el fin del bien, y que por sí mismos se hacen bienaventurados, que el sabio, tal como ellos lo pintan con admirable vanidad, aunque ciegue, ensordezca y enmudezca, y aunque le estropeen y laceren los miembros, y le atormenten con dolores, y caigan sobre él todos cuantos males pueden decirse o imaginarse, y tales trabajos que le obliguen a darse la muerte, debe llamar bienaventurada a una vida puesta entre tantos males, vida bienaventurada que, para que se acabe buscan el auxilio de la muerte.
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Capítulo VII
De la diversidad de lenguas que dificultan las relaciones entre los hombres, y de la miseria de las guerras, aun de las que se llaman justas.
Después de la ciudad sigue el orbe de la tierra, ... el tercer grado de la política humana, comenzando en la casa, pasando de ésta a la ciudad y procediendo después hasta llegar al orbe de la tierra. El cual, ... como un océano ... cuanto más grande más circundado está de peligros.
Allí lo primero que enajena y divide al hombre del hombre es la diversidad de los idiomas, porque si en un camino se encuentran dos de diferentes lenguas y no se entienden el uno al otro y no pueden pasar adelante, sino que por necesidad hayan de estar juntos, más fácilmente se acomodarán y juntarán unos animales mudos, aun de distinta especia, que no ellos, a pesar de ser hombre. Porque cuando los hombres no pueden comunicar entre sí lo que sienten sólo por la diversidad de las lenguas, no basta para que se junten la semejanza de la naturaleza; de forma que más fácilmente un hombre se entenderá con su perro que con un hombre extranjero.
Se dirá que justamente por eso la imperiosa ciudad de Roma, para la conservación de la paz política en las naciones conquistadas, no sólo las obligó a recibir el yugo, sino también su propio idioma ... Es verdad; mas esto, ¿con cuántas y cuán crueles guerras, y con cuánta mortandad de hombres, y con cuánto derramamiento de sangre humana se alcanzó? Y con todo, no por ello, habiendo acabado todo esto, acabó la miseria de tantos males; pues aunque no hayan faltado ni falten enemigos, como lo son naciones extranjeras, con quienes se ha sostenido y sostiene, continúe la guerra, sin embargo, la misma grandeza del imperio ha producido otra especie peor de guerras, y de peor condición, es a saber, las sociales y civiles, con las cuales se destruyen más infelizmente los hombres, ya sea cuando traen guerra por conseguir la paz, ya sea porque temen que vuelva a encenderse.
Y si yo quisiese detenerme a decir, como lo merece el asunto (aunque sería imposible), cuántos y cuán varios estragos, cuán duras e inhumanas necesidades surgen de estos males, ¿cuándo habría de concluir ... este discurso? Dirán que el sabio sólo hará la guerra justamente. Como si por lo mismo no lo hubiese de pasar más, si es que se acuerda de que es hombre, la necesidad de sostener las que sean justas; porque si no fueran justificadas, no las declararía, y, por consiguiente, ninguna guerra declararía el sabio; y si la iniquidad de la parte contraria de la que da ocasión al sabio a sustentar la guerra justa, esta iniquidad debe causarle pesar, puesto que es propio de los corazones humanos compadecerse, aunque no resultara de ella necesidad alguna de guerra.
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Capítulo XXI
Si conforme a las definiciones de Escipión, que Cicerón cita en su diálogo, hubo alguna vez República romana
Ya es tiempo que lo más sintética y claramente que sea posible indaguemos lo que afirmé en el libro segundo de esta obra, es a saber, que según las definiciones de que usa Escipión en los libros de la República de Cicerón, jamás hubo República romana.
Porque Escipión define la República diciendo que es cosas del pueblo, y si esta definición es verdadera, nunca hubo República romana, porque nunca hubo en Roma cosa del pueblo, según exige la definición de la República. Pues luego define al pueblo diciendo que es una junta compuesta de muchos, unida con el consentimiento del derecho y la participación de la utilidad común. Y más adelante declara qué significa lo que llama consentimiento del derecho, manifestando con esto que sin justicia no se puede administrar ni gobernar rectamente la República.
Luego donde no hubiere verdadera justicia tampoco podrá haber derecho, porque lo que se hace según derecho se hace justamente; per lo que se hace injustamente no puede hacerse con derecho.
Porque no se deben llamar o tener por derecho las leyes injustas de los hombres, pues también ellos llaman derecho a lo que dimanó y se derivó de la fuente original de la justicia, confesando ser falso lo que suelen decir algunos erróneamente, que sólo es derecho o ley lo que es un favor y utilidad del más fuerte. Por lo cual, donde no hay verdadera justicia, no puede haber unión ni congregación de hombres, unida con el consentimiento del derecho, y, por lo mismo tampoco pueblo, conforme a la enunciada definición de Escipión o Cicerón. Y si no puede haber pueblo, tampoco cosa del pueblo, sino multitud, que no merece nombre de pueblo. Y, por consiguiente, si la República es cosa del pueblo, y no es pueblo el que no está unido con el consentimiento del derecho, y no hay derecho donde no hay justicia, sin duda se colige que donde no hay justicia, sin duda no hay República.
Además la justicia es una virtud que da a cada uno lo que es suyo. ¿Qué justicia, pues, será la del hombre que al mismo hombre le quita el verdadero Dios, y lo sujeta a demonios impuros? ¿Es esto acaso dar a cada uno lo que es suyo? ¿Por ventura el que usurpa la heredad al que la compró y la da al que ningún derecho tiene a ella, es injusto, y el que se la quita asimismo a Dios, que es su Señor y el que le creó y sirve a los espíritus malignos, es justo?
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Capítulo XXIV
Con qué definición se pueden llamar legítimamente no sólo los romanos, sino también los otros reinos, pueblos o Repúblicas.
Si definiésemos al pueblo de otra manera, como una congregación de muchas personas, unidas entre sí por la comunión y conformidad de los objetos que aman, sin duda para averiguar que hay un pueblo será menester considerar las cosas que ama, si es congregación compuesta de muchos, no animales sino criaturas racionales, y unidas entre sí por la comunión y concordia de las cosas que ama, sin inconveniente alguno se llamará pueblo, y tanto mejor cuanto la concordia fuese en cosas mejores, y tanto peor cuanto en peores.
Conforme a esta definición, el pueblo romano es pueblo, y su asunto principal sin duda alguna es la República. Pero qué sea lo que aquel pueblo haya amado en sus primeros tiempos, y qué en los que fueron sucediendo y cuál su vida y costumbres, son la que llegando a las sangrientas sediciones, y allí a las guerras sociales y civiles rompió y trastornó la misma concordia, que es en cierto modo la vida y salud del pueblo, nos lo dice la historia.
Pero no por eso dirá que no es pueblo, ni que su asunto primario no es la República, mientras se conservara cualquiera congregación organizada y compuesta de muchas personas, unidas entre sí por la comunión y concordia de las cosas que ama.
Lo he dicho de este pueblo y de esta República, entiéndase dicho de la de los atenienses, o de otra cualquiera de los griegos, y lo mismo de la de los egipcios, y de aquella primera Babilonia de los asirios, cuando en sus Repúblicas estuvieron sus imperios grandes o pequeños, y eso mismo de otra cualquiera de las demás naciones.
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Guía de preguntas

(1) ¿Qué argumentos conducen a Cicerón a negar la presciencia de Dios? (2) ¿Por qué razón, para Cicerón, es inaceptable la postura que niega que exista el libre albedrío de la voluntad? (3) ¿Cómo concilia san Agustín el orden de las causas y el libre albedrío de la voluntad? (4) Explique la siguiente afirmación: [Dios] “es el Creador de toda naturaleza [y] es el dispensador de todo poder, aunque no [no es el dispensador] de toda voluntad”. (5) ¿En qué sentido la necesidad es incompatible con el libre albedrío y en qué sentido es complementaria? (6) ¿Cómo se prueba la existencia del libre albedrío de la voluntad? (7) San Agustín dice: “es necesario, cuando queremos, querer con libre albedrío”. Compare esta sentencia con esta otra sostenida por los filósofos existencialistas: “Estamos condenados a ser libres”. (8) ¿Qué consecuencias se siguen de aceptar que el hombre pecó “por haber previsto Dios que pecaría”?

Trabajos prácticos

1. Identifique los datos que acompañan el fragmento que va a leer: autor, obra de la que fue extraído, título que hemos dado al fragmento en la presente selección, notas aclaratorias.
2. Lea atentamente el texto con sus notas y señale en él los aspectos que considere importantes así como aspectos que considere oscuros o que presenten obstáculos para la comprensión.
3. Cada texto tiene una estructura propia e identificable. En el caso de este texto, san Agustín: a) resume el argumento de Cicerón sobre el tema; b) propone su tesis; c) argumenta con el objetivo de fundamentar su tesis, y d) infiere consecuencias que se desprenden de la tesis fundamentada. Identifique en el texto cada uno de estos momentos e indíquelos.
4. Lea la guía de preguntas y, sin responderla, identifique en el texto frases o párrafos que puedan ayudarlo a responder la guía.
5. Ahora es el momento de discutir con el docente las dificultades y los conceptos señalados en el texto.
6. Finalmente, arme las respuestas al punto 3. y a la guía de preguntas. Comience por transcribir los fragmentos señalados y luego explíquelos en función de lo trabajado en la clase. Tenga en cuenta, también, que el manual de Introducción a la filosofía puede ayudarlo en la redacción de sus respuestas. Apele a él indicándolo debidamente.

[i] San Agustín: La ciudad de Dios, V, IX y X, Madrid, B.A.C., 1977, pp. 311-14, 318-20
[ii] Las causas explican los hechos y posibilitan su conocimiento. Como las causas tienen un orden, pueden ser conocidas. Como el conocimiento de las causas es al mismo tiempo un conocimiento de los hechos que dependen de las causas, quien conozca el orden causal conocerá también todos los hechos.
[iii] El «sino de la fatalidad» es lo que los griegos llamaban el «destino».
[iv] Si los hechos están fatalmente ordenados según relaciones causales no hay lugar alguno para la voluntad libre, ya que el libre albedrío se define como una capacidad para decidir y determinar ciertos hechos o acciones, que dependen, en última instancia, de nuestra voluntad. Si todos los hechos dependen de causas eficientes, entonces, el libre albedrío sería una ilusión.
[v] Si la función de las leyes es administrar la justicia, es decir, aplicar premios y castigos de acuerdo a la responsabilidad de los hombres en las acciones, y si los hombres no tienen ninguna responsabilidad en las acciones pues éstas dependen de causas que están más allá de su voluntad, entonces, toda legislación carece de sentido.
[vi] Todas estas acciones serían inútiles, ya que el reprendido, el interlocutor, el vituperado o el exhortado no podrían alterar sus acciones aunque quisieran, si tales acciones estuvieran fatalmente determinadas.
[vii] Cicerón: De fato, 17, 40.
[viii] Por “necesidad” se entiende “causalidad necesaria”, es decir, cuando algo está determinado por la naturaleza a ser de una forma y no puede ser de otra.
[ix] Los estoicos son una escuela filosófica que se desarrolló en el período helenístico, es decir, a partir de la época en que la cultura griega se difundió por medio oriente a través del imperio de Alejandro Magno.
[x] Al afirmarse que todos los seres están sometidos a las causas naturales se hace difícil argumentar que las acciones humanas están exceptuadas del orden natural causal y, en consecuencia, se hace difícil defender la posibilidad de las acciones libres, de la responsabilidad y de la sanción moral o penal.
[xi] La voluntad sería una excepción en el conjunto de las fuerzas naturales, porque no estaría sujeta a la causalidad natural. En eso consistiría la libertad.
[xii] San Agustín afirma al mismo tiempo la presciencia de Dios y el libre albedrío del hombre porque sostiene que ambas tesis no son mutuamente excluyentes, como creía Cicerón.
[xiii] San Agustín no sostiene que la voluntad del hombre sea absoluta, es decir, que no haya necesidad alguna que someta a la voluntad. Morimos, aunque no queramos; necesitamos respirar o alimentarnos, aunque no queramos; existimos, aunque no hayamos querido, etc. Sin embargo, la forma en que vivimos depende de nuestra voluntad, y en la forma de vida somos enteramente libres.
[xiv] La voluntad no está “determinada” por ninguna causa natural o sobrenatural, y en ese sentido, es libre. Esto no significa que no tenga ciertas condiciones que la limitan.
[xv] Está fuera de toda duda que hay acciones que dependen enteramente de nuestra voluntad, acciones que se hacen o no dependiendo sólo de la voluntad.
[xvi] No somos libres de no ser libres. La libertad es necesaria en el sentido de que no depende de nuestra voluntad, pero esta condición no suprime ni disminuye el poder de la voluntad.

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